Una noche de teatro (primera parte)

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Decidí tomar las llaves y la chaqueta a eso de las seis y treinta de la tarde, bajé al parqueadero y encendí el carro, con la música de Cerati del nuevo Cd que se produjo después de su muerte –Cerati infinito- me dejé llevar por las canciones que conozco muy bien desde hace más de diez años. leer más Todas las canciones son parte de su carrera como solista, lo conocí cuando estaba en Soda Stereo y desde ahí no lo dejé de escuchar y creo, que no lo dejaré hasta que muera, pues su música me ha marcado cada paso de mi vida, en los mejores y los peores, como conquista y despecho, como tema para una charla y a su vez, como un reconocimiento entre la gente que me conoce.

Por toda la avenida américas, viajaba a 60 km sin afán y viendo como caían en mi panorámico las gotas que poco a poco limpiaba mi parabrisas. El olor a mandarina de un aromatizante para carros me recordaba momentos felices de mi corta vida, cada letra entraba en mi ser como si fuera la primera vez que lo escuchaba y sentía cada acorde como único. Semáforos en rojo y Sitp cerrando a otros carros, personas con sombrillas y muchas motos por todos los carriles, la noche empezaba a parecer y estaba feliz que fuera así, estaba contento de saber que era mi momento, que mi carro y yo podíamos ser uno solo, una alimentación mutua de olvidos y dolores, pues el olvidado por un ludópata que perdió el pobre vehículo en las cartas y yo, un olvidado por la que iba a ser el amor de mi vida…

Bogotá empieza a transformarse, lo sé desde que tengo conciencia, desde que empecé a conocerla de noche, caminar por sus calles ver gente que camina y no son nada, almas solitarias que me resultan tan amenas y tan cercanas que muchas veces, aun sabiendo que no sacaría nada, intenté acercarme sin miedo alguno. Desde el norte hasta el sur, por esa columna vertebral que es la séptima, una calle que parece no tener fin y en su trasegar guarda y guarda historias, momentos, situaciones que sólo allí se pueden ver. Continué por las américas hasta llegar a la cincuenta, toda la ruta hasta la sesenta y tres, subir hasta la novena y girar para continuar por esta misma, ya la noche se ha tomado a mi ciudad y sigo viendo personas que caminan con afán, con misterio, con una inseguridad de saber que si algo no se termina de realizar, el día se va con eso y seguramente, jamás se volverá a ese primer plan.

Por toda la novena hasta la setenta y una, allí a mano izquierda parqueo enfrente al teatro Fanny Mickey, el teatro nacional que inició en 1981 con la mujer que ha sido la promotora efusiva del teatro en nuestro país: Fanny Mickey, una mujer que logró grandes avances no sólo en la puesta en escena sino en la misma construcción del teatro. Estaba allí enfrente de una historia de más de treinta años y por lo menos, con ciento cincuenta obras expuestas para todo el público capitalino. Siempre en mí hay una emoción sobre natural al ver un teatro, es un arte bello que me ha marcado desde diferentes aspectos, alguna vez como actor, ahora como director. Era una dicha poder estar una vez más, en una obra que dejaría algo en mí, como lo han hecho todas las que he podido ver ahora que soy feliz.

Una lluvia tenue empieza a golpearme los hombros, un hombre muy abrigado me entrega una tarjeta plastificada con una información básica: “valor por cuidar el vehículo: 4.000, recuerde que no nos hacemos responsables por perdidas de objetos de valor”. Caminé hasta la entrada y compré la boleta, una mujer muy linda me mira desde que entro hasta que escojo la silla y compro la boleta. La miro fijamente y ella pierde el juego de miradas, contesta su celular y yo me descabullo por la puerta de vidrio que soporta el viento frío. Decidí tomar camino e ir al centro comercial avenida Chile, camine por la novena, atravesé la calle setenta y dos y miré fijamente desde la esquina, la Universidad Santo Tomás, recordé su vieja estructura cuadrada que alcanzaba media cuadra y mucha gente afuera en la única entrada y salida que tenía, algunos fumaban otros reían y muchos otros, dialogaban con profesores o entre compañeros, yo solía bajarme del bus una cuadra antes y caminar con mi maleta terciada y con ganas de aprender o conocer gente, creo que siempre fue más lo segundo sobre lo primero. Entraba a esa universidad que solo tenía dos facultades: Derecho y Filosofía, caminaba a la izquierda y unas sillas azules como de sala de espera, estaban puestas a las afueras del restaurante-cafetería, allí todos los compañeros de facultad que saludaba de buena forma y con buen ánimo.

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