En busca de los libreros perdidos (primera parte)

Es mediodía y el sol ya parece tomar su posición en lo más alto del cielo. La gente camina de un lado a otro, es hora de almuerzo y las personas que caminan por la calle diecinueve van buscando un corrientazo, algo “sencillo” de digerir, es sábado. Esas personas son las mismas que entre semana, andan de corbata y vestido, falda y tacones, las mismas, pero en esos días, sólo buscan restaurantes por la séptima para un almuerzo “ejecutivo”. Estoy en medio de una cruz doble, entre la calle diecinueve y la avenida séptima. El semáforo cambia a rojo y termino de cruzar la calle de losas desniveladas, rotas y sucias por el peso del tiempo, de los carros, de los recuerdos. Sigo mi camino sin afán, la avenida séptima ahora peatonal, se convirtió en la solución más efectiva para no estrellar los hombros de otra persona por culpa de la aglomeración en las aceras. Un hombre vende baba de caracol, otro crema verde para los golpes en las piernas y brazos, otros antenas que roban señal, lupas, libros piratas y una máquina de helados de crema con bombas solo que se le entregan a los niños que se portan bien mientras la mujer, de jean azul y camiseta amarilla, prepara los conos con cuidado y pulso profesional para que la crema no caiga fuera de ese orificio de galleta.

Camino sin afán, el sol calienta el asfalto, los ciclistas ruedan por su espacio determinado en la avenida de dos carriles que alguna vez, fue cubierta por la gran ola de mujeres y hombres que iban directo a la plaza de Bolívar a ver el cuerpo de Juan Roa tirado frente al Palacio Presidencial para terminar de lincharlo, aquella tarde, en que Bogotá ardió en llamas. Una mujer vende música y películas piratas, entre miles de opciones hay pornografía que exhibe sin ningún pudor ante los ojos de los niños que se quedan mirando la portada de sus películas infantiles favoritas. Sigo sin afán y el sol me sofoca, las personas caminan y toman agua, otras trotan con su perro al lado, otros simplemente caminan con maletines, parecen ser abogados de oficio.

Gringos andan en sandalias y bermudas, sus cámaras capturan los escenarios más llamativos, las puestas en escena de bandas de rock con amplificadores remendados, y cables pisoteados por las jornadas de trabajo en medio de tanta gente; guitarras y bajos golpeados, una batería improvisada, y una voz que se desgarra en el micrófono, no es otra cosa para estos músicos urbanos que: felicidad. Suena paradójico, pero las diferentes agrupaciones que se buscan un espacio en la calle para mostrar su talento, lo hacen con felicidad, o eso muestran en sus rostros, sobre todo un grupo de música de Oriente medio –creo que es así, pues mi cerebro escarbó en sus archivos referencia a esos lugares-, en donde un acordeón de teclas, un contrabajo, un trombón, una batería y una trompeta, mezclaban sus sonidos para dejar en el ambiente, la sensación de tierras lejanas.

Algunas zonas de Bogotá parecían estar en estado de sitio. No era para menos, al día siguiente se haría la votación para la alcaldía de la ciudad. Algunas calles y plazas se encuentran cerradas. Un hombre que pinta sobre la carrera séptima rostros divinos con carbón y de vez en cuando, con tiza de colores, viste un overol naranja y sin camiseta, el sol ha quemado su espalda, su piel es morena casi carbón. Ahí mismo cerca de la plaza Santander por el paso peatonal, John Alexander vende poemas en pequeñas hojas y los entrega a los transeúntes por algunas monedas, es de pelo largo color negro con algunas canas pintadas, dice que estudia derecho en la Universidad Gran Colombia y su novia Medicina en la Universidad Nacional, el dinero adquirido es para cubrir los gastos de la pareja, le gusta el arte, ha hecho parte de la colección libros al viento del ministerio de cultura, prepara un libro de poemas y su vida está en esa carrera séptima que durante un año y medio, le ha dado el dinero para sostenerse en esta sociedad de capitalismo rampante.

Esta ciudad es eso, la mezcla de miles de expresiones artísticas que en algunos momentos de la historia han tomado forma, en otros, simplemente desaparecieron para ser un privilegio de algunos pocos. Detengo mi paso y enfrente del parque Santander, recuerdo que por esas escaleras, tal vez pasó José Asunción Silva, con su moda de París y la poesía, con el dibujo de un corazón que luego se pondría en su pecho según la indicación del médico y dispararía una mañana de domingo mientras Santa Fe de Bogotá estaba en misa… No me dejo aturdir más por los recuerdos vagos leídos en libros de historia y prefiero descender hasta llegar a mi objetivo, entre librerías jurídicas, cafeterías,  venta ambulante de libros que intentan ser la fiel copia del original,  música y películas. Ya después de tanto comercio informal, llego a ese paso misterioso en medio de la calle novena y décima.

 Y ahí entre dos peatonales frente a la librería Merlín y Pensamiento Crítico, hay un edificio de estructura sólida de cuatro pisos (si contamos el sótano). En su fachada de ladrillo limpio, se lee imponente Centro Cultural Del Libro, letras de metal color negro, que aún permanecen inmóviles y fuertes después de veintiséis años de grandes y tristes momentos. Estoy ahí, frente a la primera de tres entradas que tiene el Centro Cultural, con la preocupación de perder la mágica sensación que diez años atrás creció en mí, cuando vi tantos libros juntos, tantas anécdotas literarias escuchadas en cada uno de los locales, que borrar esas escenas, era acabar con uno de los impulsos que en ese tiempo, me motivo a ser el lector compulsivo que soy hoy.

En el umbral, los ojos de los libreros se fijan en mi presencia, sin dar tregua, empiezan las invitaciones a sus locales, a sus libros, a mi interés por visitarlos, toda una comunidad ansiosa de ayudar. Entro a ese edificio que ha recibido durante más de dos décadas, a miles de estudiantes, escritores, libreros, editores, periodistas y lectores. Ahora, mi presente y mi pasado, intentan comunicarse para coincidir, para poder volver al sentimiento de aquellos días de juventud.

**

Finales de la década de los ochenta, Andrés Pastrana era alcalde de Bogotá y emprende la tarea de recuperar el espacio público de la avenida diecinueve. Lugar de libreros, vendedores informales de discos en acetato, revistas y algunos artículos para el hogar. El sindicato de libreros lanzó una pregunta que para ese momento, era un misterio para el alcalde mayor de Bogotá: ¿para dónde nos van a llevar? En su momento el afán era recuperar el espacio, la alcaldía no se imaginó que este grupo de vendedores, estaba organizado de tal forma, que su desplazamiento de aquel lugar tenía que hacerse con todas las de la ley.

No hubo otro remedio que pensar en el único lugar disponible para la reubicación, en la carrera octava número quince, entre dos peatonales estaba el restaurante Temel, el primer restaurante en Bogotá de comida de mar que llegaba en avionetas aún con vida. El edificio que tenía ya más de una década, fue abandonado por los dueños de aquel restaurante famoso de la ciudad, el alcalde, entonces, decidió disponer del espacio y reubicar a los libreros para darles una forma de trabajo más digna y con todas las de la ley. Así que se construyeron 209 locales en los cuatro pisos, se abrió espacio para todo aquel que quisiera ser parte del proyecto, pero primero, los libreros, pues era en su principio, los más reacios a las negociaciones. A la final, todo llegó a buenos términos entre el sindicato que representaba a esta gente y la alcaldía, el instituto de desarrollo urbano y el banco hipotecario, les brindó las garantías para la compra de los locales a quince años con cuotas cómodas.

Siga la historia en: En busca de los libreros perdidos segunda parte

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