En busca de los libreros perdidos (Parte final)

centro culural

Sin saber por qué, me dirijo directo a Librería el Búho, me atiende Don Fabio su dueño y además cofundador del Centro Cultural. Me comenta de forma somera los inicios del edificio como un lugar propicio para la cultura, mientras hablaba, llegó un hombre a comprar un libro de ingeniería civil, aquel libro cuesta 45.000 pesos intenta negociarlo, palabras van palabras vienen, propuestas van y propuestas vienen, en fin, leer más el libro se fue por 40.000 pesos y después de guardar el dinero en el bolsillo de su camisa, sigue dialogando. En sus palabras existe una tristeza por los buenos momentos que pasó el Centro Cultural, hay una melancolía por lo que alguna vez fue el lugar más visitado y ahora, como si fuera un acto de magia, las gotas de una llovizna imponente empiezan a entrar sin aviso. Sin descuidar las palabras que pronuncia, miro a mi derecha y hay un altar, un divino niño que no había captado desde afuera, pero está encima de una placa parecida a una lápida que habla de los hechos a finales de los años ochenta, la historia del centro y el compromiso de los libreros, toda un acta.

Don Fabio me invita a entrevistarme con Doña Diana Reina, la administradora del edificio, así que emprendo el camino por las escaleras hasta llegar al tercer piso con pocos locales abiertos y llenos de libros, los demás, desocupados por la tristeza y el desencanto de esos tiempos mejores. Ya en el cuarto piso –que podría ser el tercero sin contar el sótano-, el panorama es más desolador, ningún local abierto, los fantasmas andan por los pasillos golpeando las rejas de los locales vacíos. En el fondo en una oficina esquinera, con una reja como puerta, la señora Diana Reina atiende a un señor representante de la campaña libro al viento, me hace esperar afuera de la oficina, en esa espera se acerca el celador que se hace a mi lado y me mira con ojos de investigador privado, no lo miro, no puedo hacerlo, no soy bueno sosteniendo miradas.

Doña Diana Reina me atiende con gusto y amabilidad, responde a mis preguntas sobre la historia del edificio y sólo puedo captar en su voz la fragilidad y la tristeza de una idea que se desborona con los días, el vacío en sus palabras es sólo la melancolía por recordar los tiempos en que fueron abundantes las ventas y el edificio permanecía lleno. Era una remembranza con desilusiones y olvidos por parte del gobierno, una rabia por los vendedores informales que rodean las peatonales, la venta de alucinógenos y pornografía que no los ha dejado volver a esos tiempos felices. Pero entre tanta tristeza, un brillo en su voz sostiene la esperanza de saber que se mantienen vivos entre tanta tempestad, que a pesar de tanto mal y complicación, están en la lucha por la venta de libros de segunda y originales, de calidad y garantía como sacados de la editorial. El domingo, se hará la fiesta del libro en donde los niños van y mediante eventos literarios, les enseñan el valor por la lectura, el acercamiento a los textos y sobre todo, a compartir algunos dulces, helados y galletas. Pronto será Halloween, y como siempre el centro cultural, hace su reunión para premiar  a los niños del sector, no son esquivos, saben que muchos de esos niños son hijos de la competencia pirata, pero no importa, su labor está en culturizar.

Cultivar la solidaridad, como cada vez que se reúnen para lavar las paredes y barrer la calle que los divide de la librería Merlín y pensamiento crítico. Mientras todos los propietarios de los locales hacen su trabajo, los de locales cercanos, se unen a la campaña y luego de varias horas de trabajo, un sándwich y gaseosa o a veces agua de panela, se distribuye entre trabajadores y observadores. El Centro Cultural del Libro más allá de una estructura sólida, es el monumento a la cultura y la humanidad. Por eso doña Diana dice: “Hay algo por qué luchar y es el amor por la cultura, por este trabajo, por los libros”.

Fue un diálogo informal, saltando en los ríos del tiempo, contando un poco de aquello y de lo otro. Me despido con el compromiso de escribir algo sobre este Centro Cultural, no puedo hacer otra cosa que pasar por enfrente de don Fabio que me despide con su mano a la distancia, mientras yo dejo aquel lugar que hace diez años me maravilló por sus locales, por su gente. Unas cuadras adelante ya con la cabeza fría de tanto recuerdo, descubro, que la sensación de esos tiempos no cambió, sino quizás, aumento una especie de orgullo al saber que a pesar de los vientos fuertes, aún permanecen como una bandera en lo más alto de la montaña, fuertes y agarrados a su principio: los libros como herramienta de culturización.

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