Mil y una huellas**

borges.

The Secret Mathematicians

Por:  POR OSCAR GUISONI*  BUENOS AIRES

Un dios me ha concedido lo que es dado saber a los mortales. 

Por todo el continente anda mi nombre; 

no he vivido. Quisiera ser otro hombre.

Jorge Luis Borges.

“Emerson” (1964).

*

Pocos escritores se ocuparon tanto de la eternidad como Jorge Luis Borges. Y menos aún la cultivaron con tanta persistencia. Treinta años después de su muerte, ocurrida en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986, la estela que dejó su extraordinaria obra sigue siendo fuente de inspiración para escritores de todo el mundo.leer más Aunque, como ocurre a menudo con los gigantes, ninguno puede arrogarse con verosimilitud ser “el heredero” del gran maestro argentino. La vastedad de su universo literario –que incorpora con igual perfección cuentos fantásticos y realistas, incluida una serie de bizarros relatos policiales, pasa por cumbre de la poesía sin perder brillo y deslumbra con ensayos de gran profundidad– hace que sus huellas se multipliquen por mil y sea posible encontrarlas en una cantidad inusual de escritores contemporáneos. Lo que sigue es un recorrido fugaz y caprichoso, no exento de grandes ausencias, por obras y autores que pueden arrogarse, sin ponerse colorados, de tener a Borges por “precursor”.

“Decir que estoy en deuda permanente con la obra de Borges y Cortázar es una obviedad –supo afirmar el chileno Roberto Bolaño en más de una ocasión–. Para mí Borges es el más grande escritor en lengua española del siglo XX, sin la menor duda. El escritor total. Es un gran poeta, un gran prosista, un gran ensayista, es perfecto. Borges es una barbaridad. Borges es Borges”. Rastrear la influencia del argentino en la obra de Bolaño puede ser motivo de una larga tesis doctoral, pero es sin dudas en los cuentos de El gaucho insufrible (2003) donde esta se hace más explícita. Desde el desopilante relato que da nombre al libro, en el que un pretensioso abogado gaucho se muestra convencido de que “los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo” hasta el venenoso “Los mitos de Cthulhu” en el que además de mofarse de gran parte de los escritores hispanoamericanos contemporáneos, Bolaño termina confesando que “si pudiéramos crucificar a Borges, lo crucificaríamos. Somos los asesinos tímidos, los asesinos prudentes”. Y aunque Borges jamás escribió una novela, hay Borges en Bolaño en Los detectives salvajes (1998) y también en la monumental 2666 (2004). Y para algunos fanáticos, Bolaño es hoy, sin lugar a dudas, el único que puede aspirar a ser el heredero de Borges entre la infinita manada de pretendientes.

Si hay un lugar en la Tierra en el que la sombra de Borges es omnipresente es en Argentina. Para los escritores argentinos Borges es como una especie de gran padre cuya influencia y deuda nadie puede negar. Aunque algunos tratan voluntariamente de tomar distancia porque lo consideran una especie de sol cuya cercanía es abrasadora y con poderes destructivos. Y los que lo reconocen como mentor siempre lo hacen con discreción porque todos entienden que Borges es irrepetible, como Cervantes, como Shakespeare. Entre todos los herederos posibles el que más méritos literarios tiene, sin dudas, es Ricardo Piglia. No solo por sus cuentos de precisión absoluta (“Las actas del juicio”, “La loca y el relato del crimen”), sino también por sus sorprendentes ensayos (“El último lector”, “Crítica y ficción”), en los que el mismo Piglia realiza una de las relecturas más ingeniosas de Borges, al que sitúa anacrónicamente como “el mejor escritor argentino del siglo XIX” por más que escribió en el XX. Sus dos mejores novelas, Respiración artificial (1980) y La ciudad ausente (1992), respiran Borges por los cuatro costados.

Menos popular que Piglia, pero no por ello menos sofisticado y contundente, Juan José Saer también deja entrever en su extensa obra las huellas borgeanas. El rastro se percibe con claridad sobre todo en su obra de madurez, comenzando por El entenado (1983), novela corta que narra con vuelo mítico la historia de un grumete español que es atrapado y convive durante años con los indios en la pampa durante los tiempos de la conquista. Su incursión en el policial, con La pesquisa (1994), protagonizada por un borgeano detective de nombre Tomatis que se mete en una laberíntica trama, lo ubica sin lugar a dudas entre los herederos más sólidos. El propio Saer reconoció en más de una ocasión el influjo agradeciendo a Borges el manifiesto antipsicologismo de sus personajes y su forma antirrealista de presentar sus historias, aunque en El río sin orillas (1991), especie de autobiografía con mucho de ensayo, le reprocha su obsesión con “el coraje” y su admiración guerrera por “sables y espadas”.

Por la originalidad de sus textos y, sobre todo, por su firme voluntad de nadar contra las corrientes literarias predominantes en el continente, otros dos escritores argentinos merecen ser tenidos en cuenta dentro de la inagotable estela borgeana. Uno de ellos es el inclasificable Rodolfo Fogwill. Aunque en su caso la influencia funciona por manifiesto contraste. Su cuento “Help a él” busca ser la contracara del célebre “El Aleph” de Borges. Mientras que la experimental “Runa” lleva la obsesión por el mito a un extremo sin retorno. Cuando le preguntaban a Fogwill sobre su relación con Borges contestaba escuetamente “lo leí, lo leí”.

Por su pasión por mezclar diferentes materiales en su obra –desde el discurso científico a la literatura de ciencia ficción, pasando por el cómic y el cine norteamericano de clase B– y su imaginación delirante más allá de cualquier canon, César Aira pertenece, sin duda, a la galaxia borgeana. Aunque confiesa haber tenido una etapa “militantemente antiborgeana”, Aira se rinde ante “la grandeza, la elegancia, la exquisitez de sus textos” a los que considera “casi un veneno, porque nos mal acostumbra”. Es en dos de sus novelas que transcurren en el siglo XIX argentino, La liebre (1991) y Ema la cautiva (1981) donde la influencia de Borges se aprecia con más nitidez.

Cruzando al otro lado del Atlántico, pero sin salirnos de la lengua española, una figura borgeana aparece con fuerza en la narrativa contemporánea: Enrique Vila-Matas. Lector empedernido y cultivador de tramas metaliterarias –característica que lo une indisolublemente al escritor argentino–, este autor nacido en Barcelona en 1948 admira a Borges hasta el punto de afirmar que “sin su literatura hablaríamos solo en inglés”. En su cuento “¿Existe realmente Borges?” realiza un célebre homenaje literario al maestro. Girando en torno al cuento “La biblioteca de Babel”, le da una vuelta de tuerca a los dilemas metafísicos del escritor argentino, llegando a afirmar que “la biblioteca de Borges no parece probable pues no cabe en nuestro universo”. En la brillantez de sus múltiples ensayos y, sobre todo, en dos de sus grandes obras –Doctor Pasavento (2005) y Bartleby y compañía (2000), Vila-Matas demuestra que es, sin lugar a dudas, el más borgeano de los escritores españoles contemporáneos.

Aunque si de europeos se trata, pocos son los escritores que se han animado a seguir huellas tan sinuosas. Uno de ellos, tal vez el más emblemático, es el italiano Italo Calvino. Contemporáneo de Borges, sus comienzos en el realismo duro no hacían presuponer el giro fantástico que tendría su obra a partir de los años sesenta. Como él mismo lo reconoce en “¿Por qué leer los clásicos?”, Borges tuvo mucho que ver en este proceso. ¿Y hay algo más borgeano en la literatura europea de los últimos 50 años que Las ciudades invisibles (1970)? Metaliterario como pocos y obsesionado por hacer visibles las estructuras narrativas al lector, Calvino nos dejó aires de Borges también en El Castillo de los destinos cruzados (1973) y, sobre todo, en una de las últimas obras con las que se despidió Si una noche de invierno un viajero (1979), en la que los laberintos infinitos de la literatura son llevados a su máxima expresión.

Como lo señaló el propio Calvino, no resulta fácil encontrar escritores que puedan ser situados en la galaxia Borges ya que el camino que eligió recorrer “va contra la corriente principal de la literatura mundial del siglo XX”. Aun así, esta lista parcial y arbitraria podría ser ampliada hasta el infinito, para ser coherentes con quien estamos homenajeando. Si los ojos del lector están predispuestos, se pueden encontrar trazos de Borges en infinidad de obras contemporáneas. Y aun así, Borges es irrepetible.

Dejemos entonces que sea el propio Borges el que habla sobre su legado: “Yo premedité alguna vez un examen de los precursores de Kafka” sostiene en su ya mítico ensayo Kafka y sus precursores publicado en el libro Otras Inquisiciones(1952). “A éste, al principio, lo pensé tan singular como el fénix de las alabanzas retóricas –prosigue–; a poco de frecuentarlo, creí reconocer su voz, o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y de diversas épocas”. Y concluye: “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”. Aunque todos aquellos que quieren seguir la huella que Borges abrió con su obra deberían tener en cuenta su propia percepción de la obra que estaba realizando: “No soy poseedor de una estética –afirma con extrema humildad en el prólogo a Elogio de la sombra–. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas”. ¡Amén!

*Crítico literario

** Tomado de la revista Arcadia: Mil y una huellas

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