Cierra y apaga la luz

tomado de: porlsrael-org
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Ahora organiza con detalle los libros que están regados por la mesa, las sillas, el piso y el escritorio. Los organiza en un estante porque ya es tiempo de recoger el desorden de más de cincuenta años que ha rondado por ese estudio. Debe organizarlos de acuerdo a una secuencia cronológica que sea clara para cada uno de los visitantes que vayan a asistir con incertidumbres, con miedo y hasta con morbo.Y es el desorden de más de medio siglo por culpa de cuatro jóvenes que tenían un sueño en común: ser escritores. Uno de ellos proviene de un pueblo pequeño del caribe en donde la superstición y el chisme es pan de cada día. Otro, un profesor de básica primaria que salió corriendo de Argentina a penas el dinero le alcanzó para tremenda travesía. Un diplomático que no sufrió de carencias económicas iba y volvía sin ningún problema de Europa a México. Un joven estudiante que cambiaba cartas de amor por cigarrillos es ahora el encargado de apagar la luz y cerrar la puerta del estudio cuando esté organizado.

El mismo que se casó con su tía y con una prima lejana, ganador del premio Nobel que se le estaba haciendo esquivo desde la Fiesta del chivo, es el que con nostalgia mira hacia atrás y se da cuenta que es el último clásico vivo que queda del Boom. Y no sólo del Boom, sino también de lo que algunos críticos han llamado el pre-boom y el baby-boom. Es decir, Mario Vargas Llosa es el autor que aún puede reconocer con emoción la influencia de aquellos que forjaron el boom: Lezama Lima, Reinaldo Arenas, José Agustín, Juan Carlos Onetti y Roberto Arlt. Y los del Baby-boom como: Andrés Caicedo, Rafael Chaparro, Roberto Bolaño –aunque solo reconoce al último-. Todos, absolutamente todos están muertos. Así que no hay nadie quien le de la mano para mantener la luz encendida de aquella generación que tanto camino abrió para que la literatura en sus países se tuviera en cuenta. Aunque puede sonar un poco arbitrario lo que se acaba de mencionar, suele suceder que siempre hay un antes y un después, pero bueno, ¿qué después puede haber de la locura que generó Gabo, Cortázar y Fuentes dentro de la literatura de Europa y toda América? Sin embargo, si hubo un camino que se trazó, tal vez de forma sigilosa por algunos escritores que soñaron ser como ellos, así como ellos, soñaron con ser como otros y lo lograron. Es decir, un campo de influencia.

Lezama Lima, Reinaldo Arenas, José Agustín y hasta el mismo Roberto Arlt abonaron el terreno desde sus propias tierras y desde una marginalidad total de sus países. En esa soledad que genera el no reconocimiento en su propio país, estos autores abrieron brechas para entender el papel de la poesía, de la narrativa y hasta del periodismo. Autores muchas veces olvidados hasta por la misma academia que cumpliendo con su “deber”, recortan autores y etapas de la literatura importantes. Otros como Borges abonaron el terreno en Europa para que los escritores latinoamericanos fueran tenidos en cuenta, que pudieran ser leídos y analizados con el mismo rigor con el cual se estudiaba la obra de Proust, Joyce, Flaubert, entre otros.

La historia del boom ya la conocemos, los importantes aportes desde Francia y España están más que recontados por profesores, académicos, periodistas y hasta los mismos escritores a la final ya no sabían bien en qué punto estaba o

Tomado de: poetasdelfindelmundo.com
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se había quedado dicho movimiento. Sin embargo, su presencia en la escena literaria abrió caminos para que escritores como Caicedo, Chaparro, Bolaño quisieran ir detrás de ese sueño, de ese grupo sin necesidad de copiarlos, ni de igualarlos como muchos decidieron hacer después del éxito en ventas de Cien años de soledad. Esos que copiaron vilmente al escritor de Aracataca se vieron sumergidos por una falta de creatividad que no tuvo forma de luchar con el Nobel y a la final, quedaron reducidos a nada, a un olvido consciente en su totalidad. No he visto con tanta claridad- y espero equivocarme- que un grupo de escritores, una generación completa pudiera empujar a otros al mismo camino del arte de escribir, de escribir para crear mundos que le son propios, lejos de Aurelianos Buendía, de Artemios cruz, de Magas y Oliveiras. El propósito estaba en entender el papel que estaban jugando los escritores latinoamericanos que daban de que hablar en aquel entonces, para luego salirse por la tangente y empezar su propio estilo de escritura, como lo han dicho muchos escritores por ejemplo, Juan Gabriel Vásquez uno de los escritores colombianos más importantes de la última década, quien afirmó que fue gracias a Márquez que logró consolidar la idea de escribir y que con Vargas Llosa, entendió el ejercicio de que esto no se trata de inspiración sino de trabajo, de sudar enfrente de la máquina de escribir.

Así que si de la lectura de estos grandes pudieron salir otros grandes, se puede entender que el trabajo estuvo bien hecho. Que Vargas Llosa puede con toda tranquilidad cuando sea el momento, apagar la luz después de ver con nostalgia y alegría toda la historia que él y sus amigos lograron en las épocas más gloriosas de las letras latinoamericanas. Ya con ochenta años, con un noviazgo que lleva poco, con una novela que ha sido criticada por su simpleza y poca profundidad, Mario Vargas Llosa es el último de los grandes del Boom, el escritor peruano con mejor proyección que al sol de hoy, sigue viajando, atendiendo ferias de libros y escribiendo en una disciplina que no quiere acabar. Es Vargas Llosa quien abona el camino para cuando el destino indique que ya, que es tiempo de apagar la luz.

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