Gabo y Fuentes, una amistad que cumplió más de 50 años

 

En 1962, un día cualquiera, el escritor colombiano Álvaro Mutis le presentó a Carlos Fuentes uno de sus mejores amigos. Un hombre joven con mucha vitalidad que había publicado dos novelas sin mucha relevancia, aunque una de ellas, fue traducida al francés. Ya con pocos rasgos de Caribe, aquel escritor no estaba muy convencido que el gran autor mexicano ya había leídos sus novelas. Lo comprobó con cruzar pocas palabras, no tuvo que decir nada para entender que Fuentes era uno de sus lectores fieles sino que también, sería su gran amigo. García Márquez y Carlos Fuentes iniciarían una gran amistad que sólo pudo ser destruida por la traicionera y absurda muerte.

Los dos escritores latinoamericanos que habían viajado por el mundo entero escribiendo las historias que hablaban de sus lejanos países, solo los separaba las posiciones políticas que cada uno defendía, pero era más grande la amistad que optaron por jamás hablar de eso cuando estuvieran disfrutando de los momentos eternos que les brinda la amistad. Ambos fueron testigos de muchos hechos literarios, por ejemplo, Fuentes estuvo en ese preciso momento cuando Gabo viajaba de vacaciones a Acapulco y en mitad de camino, se devolvió porque había llegado a su cabeza, la última ficha del rompecabezas que faltaba para poder escribir Cien años de soledad.

Así que Gabo volvió a la casa y se encerró, tiempo después, Carlos Fuentes viajó a Italia y estuvo al tanto de lo que sucedía con la construcción literaria del gran proyecto como lo llamaba el escritor colombiano. Con los meses y con la correspondencia al día, una mañana Fuentes recibió el manuscrito de la gran obra de Gabo, la consumió en menos de nada y solo pudo decir: “después de leerla quedé transformado, soy otro”. Así le dijo el escritor mexicano en una carta a Julio Cortázar a quien le recomendaba leer la novela de su amigo en común.

Silvia Lemus viuda de Fuentes describe la amistad así: “fueron amigos de piel adentro, vivieron y se guardaron para siempre sus complicidades que cada uno, se llevó a la tumba”. La amistad de estos dos grandes escritores fue profunda y sincera, tanto así que cuando Gabo en 1982 ganó el premio Nobel, no hubo escritor más contento que Fuentes, pues él mismo decía que cuando se enteró de la noticia, sintió que había sido él quien se lo hubiese ganado. Si Gabo lo ganó, lo ganamos todos en América Latina. Aunque este premio le fue negado a Fuentes por las razones desconocidas por las cuales también se les negó a Borges, Cortázar y Donoso. Pero no importaba, la alegría era mutua y sincera.  Tan honesta aquella amistad, que Elena Poniatowska amiga de los dos, una vez viajó a Suecia para un serial de conferencias  en las cuales, asistió dos de los jurados del premio Nobel, y Gabo con su gran cariño, le pidió encarecidamente a la escritora mexicana que por favor hablara de Fuentes con los jurados: “háblales de Fuentes, cuéntales de sus novelas”, cosa que Elena hizo pero no dio resultado.

Esa amistad de complicidades también estaba llena de un pudor y respeto enorme, pues nunca se alababan ni se comentaban nada de sus novelas cuando estaban juntos, se respetaban tanto el trabajo, que no eran capaces de dar alguna consideración sobre los libros leídos. Solo una vez, Gabo se acercó a Silvia Lemus y le dijo: “leí Aura, me gustó, tu marido es un gran escritor”, lo dijo como aquel niño que le dice a su mejor amigo que lleve un  mensaje a la niña que le gusta. Era una inocencia que siempre estaba en el aire cada vez que los dos se juntaban.

Se reconocían como grandes escritores, se admiraban pero sobre todas las cosas, se querían, se apreciaban bastante. Tanto así, que ese 15 de mayo del 2012, cuando Carlos Fuentes murió, la familia García Barcha decidió que Gabo ya con 85 años de edad, no se enterara para que no lo invadiera la tristeza. Así vivió el viejo escritor de Aracataca, creyendo que su gran y fiel amigo, seguía en México escribiendo y recordándolo como él lo hacía. El 17 de abril un mes antes pero dos años después de la muerte de Fuentes, Márquez se iría de este mundo, ya agobiado por el cáncer y por los fallos de una memoria que medio siglo atrás, era el arma letal con la cual hipnotizaba a los lectores.

Una amistad entrañable, sólida, que no sólo abarcaba a los dos escritores, sino a las familias. Lo hijos de Fuentes conocerían a Mercedes, Rodrigo y Gonzalo García, Silvia gran amiga también de Gabo, sentiría el dolor de su partida pero con la tranquilidad que ya andan juntos por ahí, hablando de todo, escondiéndose de todo, recordando todo.

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