El vicio de escribir

Algunos escriben acostados sobre la cama, sin zapatos ni medias. Otros prefieren su escritorio cerca de la máquina de escribir que espera ansiosa la redacción final de la idea que se fragua en la mente del escritor. Algunos utilizan cuadernos y muchos bolígrafos, otros lápices y muchos borradores, también es válida la agenda con apuntes variados que se van organizando a medida que van escribiendo, otros sencillamente, se sientan frente a la máquina de escribir y empiezan a darle rienda suelta al teclear constante hasta que paran como un acto de exorcismo y releen lo escrito, lo analizan y por arte de magia, la hoja va a dar al cesto de la basura. Ahora como los tiempos son más modernos, algunos empiezan desde Word a escribir párrafos hasta un punto determinando y luego cortan y agregan, suman y restan palabras, párrafos para luego guardar el documento o simplemente borrarlo, a la final no importa como lo hagan, siempre hay un cliché para escribir, los grandes autores tienen rutinas que les han servido para realizar sus mejores obras.

El gran escritor norteamericano Truman Capote, solía despertar temprano y después de un café y un cigarrillo, se recostaba en la cama y en un cuaderno de hojas amarillas, escribía la novela que luego de ser corregida varias veces, pasaba en limpio a la máquina de escribir y enviaba a la editorial. Así lo hizo siempre, pues no disfrutaba otra cosa que estar en pijama y escribir a mano limpia hasta que la mañana se iba por completo o la madrugaba empezaba. Otro escritor contemporáneo y coterráneo de Capote, Ernest Hemingway se despertaba temprano y escribía de dos a cuatro horas, luego se tomaba algunos tragos y salía a la calle con su mujer o solo a disfrutar un poco de París o de la Habana. Sus escritos después de terminados reposaban en un cajo y luego, pasaban a un lector de confianza, así era la rutina del gran Ernest a la hora de escribir.

En Colombia las costumbres también era algo que llamaba la atención, Gabriel García Márquez despertaba a las seis o siete de la mañana y luego de desayunar, se encerraba en el estudio y escribía hasta el mediodía, hora en que llegaban sus hijos del colegio y él los recibía en casa para dirigir las tareas y pasar tiempo con ellos. El escritor de moda (y lo digo con cariño) Juan Gabriel Vásquez, de lunes a viernes trabaja durante ocho horas diarias, los fines de semana, es para dedicarlo a su esposa y sus dos hijas. A la hora de escribir, este escritor se coloca dos tapones de goma azul en los oídos y luego se pone unos audífonos aislantes de ruido, así está dedicado cien por ciento a lo que está escribiendo. Otro colombiano y demás bohemia como Porfirio Barba Jacob, se recostaba en la cama a fumar marihuana y en papel de cualquier tipo, escribía los poemas y los artículos de opinión que luego, corregía e intentaba pasar en limpio.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa, desde que comenzó su vida como escritor y actualmente, maneja la misma rutina, todos los días despierta a las cinco de la mañana y escribe cuatro horas, luego toma el desayuno y sale a cumplir con los deberes que tenga para cada día. Lo mismo hace el escritor asiático Murakami quien despierta a las cuatro de la mañana, escribe hasta las ocho o nueve, luego sale a trotar unas buenas horas y regresa a casa para cumplir con los deberes de cada día.

En el caso de Julio Cortázar la situación varía, pues no tenía una rutina específica para escribir, pero lo que si era cierto es que cuando lograba un tiempo de concentración, concluía cuentos o escribía pedazos de novela, como sucedió con Rayuela, una novela que se fue escribiendo con los años y de forma esporádica, nunca hubo una disciplina plena para completar la gran obra, sólo se dedicaba a ella cuando sentía que había algo bueno que escribir y así, terminó una de las grandes novelas latinoamericanas.

Algunos escogen lugares alejados para escribir, otros simplemente en su estudio con algunos tragos como en el caso de Bukowski, quien en sus altos índices de alcoholemia, escribió sus grandes poemas y libros que hoy en día son considerados importantes para la literatura del siglo XX. Otros escogen cafés para escribir en servilletas, otros los parques y así, cada uno tiene una forma y un estilo para hacerlo. Andrés Caicedo, el escritor colombiano llevaba su máquina para todo lado, muchas veces mientras estaba en una fiesta, se sentaba en una esquina y escribía mientras sus amigos se divertían bailando. El ejercicio de la escritura no es enseñable, no hay nadie quien te diga cómo y dónde hacerlo, esto simplemente nace gracias a dos cosas: la primera vocación y la segunda disciplina. Cuando alguien está seguro de estas dos cosas sólo le resta creerse para sí mismo escritor y dedicar su vida a eso pase lo que pase, así con el tiempo, la disciplina hará grandes escritos y la vocación se volverá el sentido de una vida plena que seguramente estará plagada de éxitos y si no, pues no importa, a la final escribimos porque no tenemos otra cosa que hacer en el mundo.

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